Por Dainerys Mesa Padrón

Cuando una mujer busca otras responsabilidades más allá de aquellas que ya sostiene, hay una o varias razones fuertes y evidentes: necesita más ingresos; tiene un plan inmediato que requiere un mayor presupuesto; lo que gana no le alcanza para nada.

Todo, a simple vista, gira en torno al dinero. Pero disímiles coyunturas y circunstancias en la vida de las personas y las familias las llevan a ellas a “buscarse más complicaciones”.

Este asunto, como todos, tiene dos caras. La fea, por supuesto, es la más representativa, aunque la ideal riegue algunos atisbos de esperanzas. Empecemos entonces por las situaciones y casos conocidos que nutren estas reflexiones.

Mariana no quiere trabajar horas extras

A Mariana se le están oxidando las neuronas entre pañales sucios y biberones de leche. Apenas recuerda el olor a impresión fresca en el papel antes de salir a cámara, o cómo enfrentar una edición de televisión.

Parece que no le importa. Finge que no le importa y hasta una llega a creer que en verdad no le importa, hasta que la traicionan sus pensamientos hechos palabra.

“Qué sentido tiene trabajar en un lugar donde no gano para pagar el círculo particular de mi hijo y llegar en la tarde a la jornada más dura del día, la de la casa. No trabajo en la calle y no me alcanza el día para lavar, limpiar, cocinar, recoger, ir al círculo en la mañana y la tarde, hacer las compras del agro… ¿Te imaginas si todo eso se acumula para hacerlo después de las cinco de la tarde?”

La cuestión es que Mariana sí quisiera regresar al periodismo. Encontrar y contar historias salidas de la cotidianidad, convertir en referentes a personas del día a día; sin embargo, le falta motivación. Escudada en que la figura masculina de la casa (su esposo) tiene una remuneración suficiente para asumir las necesidades y gustos del núcleo familiar, Mariana se ha apegado a los modelos más cómodos, a los  patrones machistas que tanto cuestionó cuando era una joven independiente y sostenía que el trabajo no es solo para llenar los bolsillos, sino el alma, el ego y las expectativas de las mujeres.

A Mariana le cuesta salir de su zona de confort y se conforma y consuela con ser una ama de casa.

Y ser una ama de casa es una de las labores más desinteresadas y sacrificadas de estos tiempos en Cuba, que conste. Mas, ser una ama de casa por falta de motivación no es razón suficiente para que una mujer, precisamente de estos tiempos, renuncie a los sueños de su vida.

Cristina espera equilibrar los bolsillos

La historia de Cristina es otra. Comenzó a trabajar antes de culminar su año de licencia de maternidad y desde entonces no para de lamentarse por dos cosas: porque necesita más trabajo y porque no puede con los que tiene.

Cristina es una mujer empoderada, independiente y esa forma de ver la vida la ha llevado a sostener un concepto individualista de lo que son los ingresos familiares. Víctima de experiencias de control económico con anteriores relaciones, hoy no admite determinadas concesiones que, en materia de gastos, exige el convivir en pareja.

“Tener mi dinero me permite comprar lo que quiera sin dar explicaciones. Cuando soy yo quien paga, decido; eso me da una libertad muy satisfactoria. Por eso debo procurar varios trabajos que me ingresen una cantidad similar a la de mi esposo para no depender de él, porque si tengo que pedirle dinero para comprar las cosas de la casa, sé que me cuestionará siempre por algo…”

Cristina no se da cuenta que, en esa búsqueda de la emancipación, continúa reproduciendo actitudes machistas en cuanto al control del dinero en su relación. Probarse a sí misma que es independiente, autosuficiente y capaz de proveer el hogar por sí misma no puede convertirse en una competencia en la que alguien luche por llevar la delantera.

 Daylin trabaja para cambiar su vida

Esta muchacha tiene partes de las historias anteriores. Ha pasado por las fases de competir por los ingresos, de sentirse mal cuando es quien más aporta, de sentirse mal cuando es quien más trabaja; pero, al final, la verdadera visión empoderada de la vida la ha conducido a otros razonamientos.

“Trabajo bastante porque hace falta el dinero, porque quiero darle lo mejor a mis hijos, porque también quiero que mi pareja y yo podamos acceder a espacios de ocio y recreación. Sin embargo, trabajar me permite salir del ciclo de la vida machista en la que nos hemos criado y que hemos aprehendido desde la infancia.

“Mi madre me cuestiona que tenga tantos compromisos en la calle y que luego deba llegar a la casa a enfrentarme ´con la verdad´ de las labores domésticas. Ella, como la mayoría de nosotras, no asume que precisamente mis compromisos en la calle reformulan la vida de mi familia y la disposición de las tareas del hogar.

“Estamos acostumbradas a que sean los hombres quienes pasen el día fuera, que lleguen al final del mes con el dinero y que se desentiendan del resto. La clave está en encontrar un punto medio, no invertir los roles que ya sabemos no funcionan”.

Tener varios trabajos, para cualquier ser humano, es una carga difícil. Mientras veamos a las mujeres como las responsables del hogar, por supuesto que estaremos sumando complejidad al pluriempleo femenino.

El aprendizaje que brindan las protagonistas de estas pequeñas historias radica en buscar, a la par de la gratificación material, la vocación, el deseo de superarse, nuevos proyectos de vida y un modelo de convivencia diferente, que deseche los aprendizajes patriarcales que solo nos atan a prejuicios y convencionalismos.

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